La educación y los proyectos ocultos de los padres

 

El objetivo de la educación familiar es ayudar a los niños y adolescentes a caminar hacia la madurez, poniendo en práctica un buen liderazgo dinamizador.

Esto parece muy fácil en teoría, aún en el supuesto de que tengamos una idea clara y concreta de lo que significa madurez humana, el horizonte hacia el que los niños y adolescentes tienen que dirigirse lentamente en su vida, a través de pequeñas o grandes dificultades y crisis.

Muchos padres plantean la siguiente cuestión: si verdaderamente quiero que mis hijos sean maduros y responsables, y entiendo lo que esto significa, por qué no soy capaz de ayudarles a serlo? Además de nuestros errores cotidianos ¿hay algo de fondo que me impide educar hacia la madurez?

Pretendemos dar respuesta a esta cuestión. Efectivamente, se diría que existen percepciones y actitudes ocultas o semiconscientes, que pensamos que son líneas correctas de educación, pero que en realidad son falsos proyectos que están bloqueando nuestra ayuda a los hijos en su lento caminar hacia la madurez.

Uno de estos impedimentos o “proyectos educativos ocultos” es lo que podríamos denominar la “excesiva ilusión”.

La ley del embudo contra la excesiva ilusión

¿Puede echarse en cara a unos padres el tener una excesiva ilusión por sus hijos? ¿No es bueno cargarse de ilusión y expectativa positiva hacia ellos?

Cuando unos padres se asoman a la cuna de su hijo recién nacido, sus ojos son todo ilusión. Ven en aquel niño un horizonte amplio de posibilidades. Es una promesa abierta al futuro. En realidad aquel niño puede ser muchas cosas, un intelectual, un artista, un inventor, un gran hombre de negocios… Consciente o inconscientemente se forjan ilusiones…

Pero a medida que el niño va creciendo y manifestándose, aquel horizonte, que era la boca ancha del embudo, se va estrechando. Los padres observan detalles, el resto de la familia, también y más tarde aparecen los informes del colegio. A veces no se trata de cualidades intelectuales más o menos brillantes, sino de un carácter agresivo, poco cariñoso, etc. que empieza a quemar o a irritar a los que le rodean. Y sin formularlo mentalmente, sin decirlo con palabras, se empieza a pensar que aquel niño no es tan listo, ni tan simpático, ni tan agradable o tan fuerte como se había soñado. Y entonces se cuela por debajo de la puerta el peligroso sentimiento de la desilusión.

La ley del embudo puede significar la ley de la desilusión. Y la mayor tragedia para un niño es ser un marginado de la ilusión. Existe una especie de “derecho del niño” a que se tenga ilusión por él, aunque no muestre cualidades relevantes o un carácter muy equilibrado. Padres y educadores tendríamos en consecuencia autoridad para comunicar ilusión, algo que ayuda a crecer a los hijos mucho más que andar decidiendo mentalmente o soñando lo que ese niño va a ser.

lnterferencias desde el interior

¿Qué nos empuja hacia la excesiva ilusión? Quizás las causas sean ciertas interferencias, unas ondas imperceptibles que se interponen entre el deseo positivo de educarlos hacia la madurez y nuestras reacciones educativas, o modos de actuar de cada día.

Puede ser un diálogo interno secreto que yo tengo conmigo mismo como padre o educador, y cuyo contenido son mis proyectos acerca de mis hijos, que muchas veces suenan a proyectos compensatorios. Que ellos sean como los vengadores de nuestras frustraciones históricas, que lleguen a donde yo no llegué, que hagan lo que yo no pude hacer, que no interrumpan la tradición familiar (en mi familia todos somos titulados superiores…).

Quizás es también la eterna ambición humana que se formula ordinariamente como querer lo mejor para mis hijos, y que suele significar en la práctica querer el prestigio, el poder y el éxito a un nivel significativo prefijado por nosotros. En una ocasión un padre confesaba en un momento de sinceridad personal: no podéis imaginar la irritación profunda que he sentido cuando oía decir a alguien que su hijo o hija tenía notas brillantes en una carrera técnica superior. Era como una puñalada en mi corazón; yo no he logrado tener un hijo brillante. Quizás ese orgullo herido, disgusto o irritación estaban ya presentes desde el principio en forma de expectativa secreta, y le había llevado a relacionarse con alguno de sus hijos, desde su infancia o adolescencia, en actitud de irritación y desilusión personal.

Interferencias desde el exterior

Otras veces la causa de la excesiva ilusión puede ser el influjo de la cultura actual (competitividad, prestigio, poder … ) expresada y reforzada por los medios de comunicación; una publicidad que nos invade y crea un caldo de cultivo de una determinada filosofía de la vida. Desde esa cultura se llega a creer que un hijo no puede ser feliz si no logra detemiinados objetivos académicos o profesionales; o lleva a presumir en público de hijos listos, como signos externos de mi propia felicidad; o lleva a estar avergonzado de ellos y no hablar de ellos cuando no destacan o no tienen grandes cualidades.

La cultura moderna ha hecho más humana la vida e incluso nos hace más sensibles hacia los derechos humanos, la solidaridad, sinceridad, etc., pero tiene grietas peligrosas, como cuando confunde el ser con el tener, o la personalidad con un alto nivel de cualidades físicas, mentales, de relaciones humanas. Es interesante ver cómo en la vida social ordinaria, no nos interesanos verdaderamente por las personas, sino por su categoría social o profesional. Es fulano… nos dicen. Y preguntamos ¿quién es?, lo que significa, ¿qué es?, cuál es su categoría, su posición, su nivel de poder.

El nerviosismo y las tensiones

Estas interferencias producen las excesivas ilusiones o ilusiones falsas que al no verse realizadas causan irritación o disgusto. Empezamos a ponernos nerviosos, formulamos secretamente diagnósticos (no vale, este chico es un caso inútil); después queremos llevar las cosas por la tremenda, con lo que además rompemos el diálogo y la confianza; y al final sobreviene la desilusión. Resulta por lo tanto, que la excesiva ilusión llega a producir una gran desilusión educativa, que influye negativamente en la autoestima de los hijos y en el clima de diálogo y confianza familiar.

Acabamos de decir que este proceso de expectativas frustradas “nos pone nerviosos”. El nerviosismo suele ser un test muy iluminador; observemos lo que nos pone nerviosos y nos irrita, y veremos cuáles son nuestras auténticas filosofías educativas y nuestra jerarquía de valores.

Ellos, los niños y adolescentes, tienen que vivir su vida, no nuestros sueños y nuestros proyectos. En realidad no deberíamos soñar “proyectos” demasiado concretos sobre nuestros hijos porque condicionamos el auténtico crecimiento y las relaciones personales. Lo correcto, y por lo visto lo heroico en esta sociedad, es quererles incondicionalmente, y quererles aun en los mínimos o discretos niveles de éxito en los que ellos se van situando libremente o por condicionamientos personales. Educar es sentir y comunicar sin palabras: hijo mío, te quiero aunque no seas lo que me he atrevido a soñar para ti. Lo cual no impide el ayudarles a superar dificultades y lograr el nivel de excelencia posible para ellos en cada etapa de su vida. Pero el punto de partida necesario es aceptarles como son.

Otras veces, irritados por su falta de éxito, adulteramos las motivaciones y caemos en flagrantes incoherencias respecto a nuestros pretendidos valores espirituales y humanos, si no estudias no vas a poder tener… (y aquí se expresan altos indicios externos de bienestar material y calidad de vida) y por lo tanto estamos comunicando que sin eso no podrá ser feliz). ¿Es esta la filosofía de la vida y el mensaje de valores que estamos comunicando? Si sabemos que esa no es la verdad, ni nos la creemos, ¿no estamos manipulando el alma del niño o adolescente cuando le hablamos así?

La sana ilusión

Hay muchos padres y educadores que creen que existe una ilusión sana, un sano optimismo en educación, basado en una serie de creencias educativas básicas, como por ejemplo, que la verdadera ilusión consiste en creer que todo niño, por ser persona, posee la capacidad de crecer, madurar y ser feliz; progresar gradualmente, desde sus condicionamientos, y desempeñar en la sociedad una función digna. Puede llegar a ser aunque sea distinto de como yo lo pensaba. Con frecuencia se programa a los niños y su destino como si fueran una prolongación o rectificación de nuestra vida. Una educación buena debe ser cuidadosa y preventiva, pero abierta, porque el destino es de ellos, tienen la capacidad de situarse y elegir. Un aspecto importante y a veces olvidado de esa felicidad a la que pueden llegar, es (por ejemplo) la capacidad de querer y ser querido, la capacidad de amistad, que puede realizarse plenamente, sin perjuicio de otras categorías sociales.

La filosofía optimista de la persona nos dice que en el ser humano existe una tendencia vital a desarrollar toda su potencialidad, lo que realmente tiene; a satisfacer sus tendencias básicas; a revalorizarse por medio del aprendizaje; a configurar su propia vida. Esa fuerza, tendencia vital e impulso innato, están ahí dentro de los hijos. No hace falta que se proyecten o se sueñen artificialmente cosas sobre ellos.

La ilusión ante el niño difícil

Si en algún momento de su evolución un niño o una niña se detiene en su desarrollo mental, social, afectivo, etc. es que no puede avanzar más, porque los objetivos que se le proponen superan su capacidad, y habría que acomodarse a su ritmo por pequeños pasos y adaptaciones de aprendizaje; o bien, porque está bloqueado por problemas evolutivos, afectivos, etc. y necesita desbloquearse, lo que lleva tiempo y exige paciencia en los que le rodean. En todo caso lo peor es el juego de falsas ilusiones y amargas desilusiones, y lo mejor es que se le siga queriendo tal como es y como está.

La verdadera ilusión consiste en creer que niños y adolescentes no son culpables de las condiciones (biológicas, familiares, ambientales) que les hacen torpes, antipáticos, irritables, faltos de tino, de concentración, etc. Nadie es difícil por gusto, sino porque ha sufrido adaptaciones negativas a la realidad o es víctima de una serie de limitaciones personales. La ilusión ante el más desfavorecido está a veces doblemente justificada, teniendo en cuenta que la configuración genética le hizo irritable, no concentrado, inestable, etc. y nuestro modo de educarle o nuestro peculiar ambiente familiar provocó o acentuó, sin querer, su inseguridad, su excesiva agresividad.

Aceptar a los hijos: un inmenso coraje

Tener ilusión sana por los hijos se fundamenta en aceptar al hijo como es. Esto es una tarea de todos los días, de todas las horas, una lección que no se aprende de una vez y que supone un coraje inmenso por parte de padres y educadores.

La ilusión sana se identifica con el amor incondicional. Sabemos que a muchos niños se les ha transmitido “te quiero con tal de que no me desilusiones”, o que no dejes de llegar a tal nivel de éxito. No es extraño que muchos niños y adolescentes hayan traducido esas expectativas como mis padres sólo me quieren por las notas, mis éxitos, mis resultados. Cuando perseguimos notas y resultados de un modo tan angustioso y nos alegramos tan extraordinariamente por los resultados académicos más que por las buenas actitudes humanas, quizá no está tan claro nuestro amor incondicional. Quizás no se transmite claramente, o al menos ellos no lo acaban de ver, que nuestro deseo es que sean unas personas felices.

El amor incondicional es capaz de decir llega a ser lo mejor que puedas ser, pero te quiero aunque no hagas lo mejor para ti mismo. El amor incondicional es un difícil reto educativo, pero es el mejor alimento para el equilibrio personal y la autoestima.

Ser persona siempre es posible

Llegar a ser importante, rico, popular, atractivo, no siempre es posible. A veces tampoco es posible llegar a ser un ahogado normal, un técnico normal, un economista normal. Pero siempre es posible ser persona y vivir en paz consigo mismo. Todo niño, todo ser humano, posee la capacidad de ser persona feliz. ¿Se lo impedimos con la excesiva ilusión? [...] dejad que los niños crezcan hacia una personalidad madura y feliz y no se lo impidáis. No utilicéis planteamientos educativos ocultos que os pueden llevar a la desilusión y les pueden impedir a ellos el crecimiento hacia la madurez.

Fernando de la Puente
revista Padres y Maestros, No. 249, enero de 2000



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